domingo, 29 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO XI. “Tras la dificultad , la facilidad”


Había sido una gran sorpresa , cuando la víspera de cruzar el río,  Sebastián a la cabeza de un amplio grupo de colaboradores de Nakupenda, me anunció que definitivamente los sacos de arroz que habían destinado para la aldea  de Kergalo eran 30.

Aquel grupo de personas habían desembarcado en esta orilla del río, y  tras reconocer y abrazar a David tuve por fin la oportunidad de saludar a aquel hombre, Sebastián, con el que habían intercambiado correos, y quien yo consideraba un benefactor caído del cielo. Con él , un grupo de mujeres y hombres, representación fiel de las muchas personas más que habían hecho posible aquella intervención:

 Mil quinientos kilos de arroz, de los cuales cuatro sacos se destinarían respectivamente a una familia en condiciones desesperantes cuyo caso había yo querido someter a su consideración, la Asociación de mujeres de Kergalo, la casa del Imam que colaboraba a preparar el plato extra para los chicos y como deferencia se dejaría otro saco en el compaund del Alcalo.  Los sacos destinados a los muchachos acompañado cada uno
de cinco litros de aceite , serían, pues, un total de 26  de 50 kilos cada uno y 125 litros de aceite.




Hasta ese momento  habíamos estado entregando cada día tres kilos de arroz, con sus complementos. Con este cargamento podríamos aumentar a 5 la cantidad, lo cual suponía tres sacos al mes. Incremento que fue efectivo al día siguiente de la visita del grupo.

La generosidad de Nakupenda,  era la generosidad de aquellas anónimas personas solidarias que habían confiado en su gestión y en cuya representación y como parte de ellas ahí estaban: Lorena, Camino y su marido Antonio, Florencio y  su hijo Donny, David , Manolo y Sebastián, a quienes acompañaba Jalifa uno de los colaboradores y amigos locales de la organización. Ese importante gesto iba a suponer más de ocho meses de arroz suplementario al que el Profesor proveía para esos chicos, junto con el aceite, y habiendo negociado los precios a cara de perro con los  mauritanos que comercian con arroz, supondría un desembolso, el destinado a los chicos en exclusiva,  de cerca de 500 euros que iban a evitar que aquellos muchachos , 57 niños y niñas, pasaran hambre en los próximos 8 meses...62 euros al mes, dos euros diarios...

Unos meses atrás no podía haber imaginado que algo así pudiera suceder.




Las lluvias habían cesado un par de semana atrás, y el resecón de la tierra que empezaba a aflorar había convertido en una auténtica playa de arena los cincuenta metros que separaban la carretera asfaltada del caminito de suave pendiente que traspasando el bosque de mangos nos llevaba a la aldea de Kergalo: no creí que fuera posible cargar un montón de sacos de arroz en el Nissan y salir indemnes del intento de cruzar aquel arenal, así que teníamos que cambiar el plan original de comprar el cargamento previsto por Nakupenda,  y marchar a la aldea para entregarlo, antes de dirigirnos a La Granja para que se acomodaran.

Algunos de los lugareños que en busca de obtener un servicio les habían acompañado hasta donde se encontraba el coche, penetraron tras nosotros en la tienda de los mauritanos a la que conduje a Sebastián mientras le informaba del precio negociado días antes con el dueño del almacenillo: 590 dalasis por saco de arroz.
Yo ya estaba acostumbrado a que para los que se buscaban la vida cada día entre los blancos aterrizados por aquellos lugares, lo usual solía ser imponer el debate sobre su servicio fuera lo que fuese lo que el comprador en cuestión estuviese interesado. Interrumpir cualquier conversación que ocupara a los posibles  clientes e introducir su asunto era la única oportunidad de vender sus servicios antes de que otro cobrara  la pieza en cuestión y así fue como hasta dentro del mismo almacén aquel joven conductor de una de esas “guele-gueles” intentaba convencerme, pues para él estaba claro que estando yo por ahí con esos blancos el asunto pasaba por discutirlo conmigo, que llevar a aquellas personas a Kergalo costaba el triple de la tarifa normal que yo bien conocía, con argumentos de puro lío, cuya técnica gozaba de auténticos maestros entre el personal que por allá rondaba , tratando además de convencerme que  era un precio de amigo. Entre los más sutiles argumentos deslizaba mi proximidad al medio tratando que considerara que de alguna manera mis intereses me obligaban a cambiar de bando: “hoy por ti mañana por mí”, en una velada amenaza que sobraba pues yo ya tenía claro hacía tiempo  que ningún conductor de Barra me había traído, ni me traería jamás,  un solo cliente de los muchos que a menudo preguntaban en aquella población por un alojamiento decente, siendo el mío el único a 100 kilómetros a la redonda con tales características: no tragar con los abusivos precios de aquella versión africana de salteadores de Sierra Morena con los que intentaban sorprender al desinformado viajero tenía un coste que yo habría de pagar.

Recostado de espalda sobre una columna de  sacos en la tienda del mauritano, Sebastián asistía impertérrito a aquella discusión  que , dado el poco espacio que nos dejaban  los sacos de arroz, cebollas,  patatas y bidones de aceite que desbordaban  el almacén,  se libraba en un angosto pasillo no más ancho de un metro que no permitía al bando contrario desplegar un frente abierto en un movimiento envolvente por las alas mientras se amontonaban los unos tras los otros, el que luchaba por la pieza  en primera línea y sus asistentes , los que esperan una segunda oportunidad cuando el anterior se batiera en retirada mientras trataban de ajustar en silencio una oferta más aceptable o unos argumentos diferentes cuando tuvieran la oportunidad de entrar en liza y el grupo de curiosos siempre presentes, jaleadores divertidos, que iban metiendo baza según les venía en gana, deporte de calle, melé de broncas de palabras que  tanto les entretenían dando color a ese combate por la vida que para ellos discurría entre las cuerdas de un cuadrilátero y donde como era normal en África las lindes de las cosas solo servían para ser traspasadas con lo que la lona era invadida en tropel por espectadores, transeúntes que se mezclaban en la pelea, fotógrafos , cámaras, señoras con sus bebe en la espalda o colgados del pecho que los amamantaba y  que  hacían un paradita para presenciar el espectáculo. Variopinta  humanidad en donde la hermandad de sangre era la ley no escrita a la que todos se sometían, “hoy por ti mañana por mí”, solidaridad de cazadores. .

Dado el calor sofocante que reinaba en el garito nos iba envolviendo a todos de un tufo a humanidad doliente, mientras  subía amenazadoramente de tono entre uno que veía cada vez más difícil hincarle el diente a ese grupo y otro cada vez más cabreado con la osadía del primer contrincante aspirante a dar la cuchillada.

Hubo que zanjar la cuestión saliendo al exterior en busca de otra alternativa pues mientras la cosa se librara en aquel pasillo entre montañas de sacos y estando cubierta el lado de la entrada al almacén por el  chofer y su banda, aquello podía durar rato, dado como están dotados nuestros vecinos de una obstinación con poco límite en estas ocasiones y para estos asuntos,  de manera que a campo abierto y dando por acabada la discusión, le anuncié a Sebastián que iba a la explanada donde se amontonaban las furgonetas, buscando siempre como era conveniente la posibilidad de decirle a aquel con el que discutiera que me marchaba a darle el viaje a cualquiera de los muchos que por allá se recostaban aburridos sobre sus asientos. Mientras me daba la vuelta oí como Sebastián me dijo:  

-“Si quieres te presto los guantes de boxeo..”
-“no hace falta, que ya los llevo puestos..” le contesté mientras me iba a cerrar un mejor trato.

Al poco rato una furgoneta dispuesta a cobrar el precio de tarifa embarcaba a aquellos amigos mientras yo me preguntaba cómo les cuadraría encajar aquella escena con la supuesta imagen que debían haberse hecho de un tipo que se había parado un día a echar una mano a unos niños con problemas, mientras trataba con tanta dureza a unos hombres que seguramente envueltos en no pocos problemas trataban de ganarse la vida lo mejor posible.

No sabía si Sebastián lo habría entendido en aquella frase colada con intención en alguno de mis correos. Y es que para mí en una tierra donde las injusticias, bien es cierto, las dificultades y los propios atavismos habían deslizado a todas las capas de la población a una lucha sin moral por la existencia y a la corrupción generalizada, como le dije en aquel correo, en una tierra tan sobrada de miserias y no solo materiales “solo los niños son inocentes”.

Mientras arrancaba la comitiva , ya instalada en los coches y con los primeros sacos cargados, observé a los mauritanos envueltos en sus chilabas azules o blancas, sentados a las puertas de sus almacenes que parsimoniosamente realizaban el ritual mil veces repetido de sacarle espuma y templar el gusto vertiendo el té verde de vasito en vasito y que   contemplaban estas cosas de los africanos como quien mira en la televisión un programa eternamente repetido.



Llevaríamos tan solo los sacos que no eran destinados a los chavales y en días posteriores trasladaría a La Granja, en varias tandas, los destinados a los chicos y que en entregas de cinco kilos habría yo de llevar cada día a la escuela.



Los pueblos de este continente conservan aún un sentido especial de la hospitalidad y de la ceremonia. De lo cual habrían las gentes de Kergalo dar buena cuenta en el recibimiento que les ofrecieron a Nakupenda en torno al mango que cubre de amplia sombra el lugar central  de la aldea, a cuyo alrededor habían dispuestos sillas suficientes para acomodar a los visitantes  así como a las personas principales que representaban a la comunidad: Alcalo, Imam y segundo Imam, el Profesor, los más ancianos de las tribus, Asociación de Mujeres...mientras en algunos  bancos de madera se sentaban muchos otros, todos ellos agradecidos e interesados en  aquellos extranjeros. A un lado del mango,  un grueso grupo de chavales, la mayoría pertenecientes a la Madrasa , sentados muy juntos sobre la arena y vestidos con sus mejores ropas, formaban el anfiteatro que proporcionaba el marco a aquel gran acontecimiento.

De los muchos y largos parlamentos que cada una de las personas principales de aquella comunidad ofrecerían a sus visitantes, y al margen de las reiteradas  muestras verbales de bienvenida y agradecimiento, tan solo habría yo de conservar en el recuerdo dos o tres cosas importantes de las que se dijeron, más allá de la inmensa afabilidad y cortesía con la que nos obsequiaron.

Omar, el representante del Comité de Desarrollo Ciudadano, dirigiéndose a aquellos extranjeros dijo  ” no nos deis dinero, porque si me das 10 dalasis, mañana a la noche me los habré gastado y volveré a estar en la misma situación que ayer. Enseñarnos a cómo ganar esos 10 dalasis...”

Aquel destello luminoso me sorprendió sobremanera.

Al escuchar tal grado de conciencia y acostumbrado así mismo en los últimos años a creerme muy poco de lo que escuchaba cuando las palabras eran dirigidas a los blancos, pensé si en verdad, una vez hubiera implementado el proyecto que para entonces tenía en mente destinado a cubrir de semi sombra la huerta de los muchachos, aquella experiencia sería recogida por los habitantes de la aldea y con ello fructificara más allá de los beneficios inmediatos buscados para mejorar la nutrición y los ingresos de la escuela. El tiempo me lo diría. Y yo estaba dispuesto a esperar para saber...

Los chicos, aquellos chicos sí estaban demostrando con hechos y no con palabras, y mucho más que lo harían en el futuro inmediato, que desde lo profundo de sus carencias estaban empeñados en aprender todo lo que se les pusiera al alcance.

Ajenos , de alguna manera al mundo real, enfrascados en el aprendizaje de cosas que tenían que ver con el espíritu, de alguna manera debían ser conscientes que a diferencia de otros muchachos que o bien iban a la escuela oficial o bien se desenvolvían en las tareas laborales de la familia, ellos carecían , aparentemente, de recursos para luchar por la vida una vez hubieran acabado allá su aprendizaje.

 Tal vez fuera esa conciencia de precariedad, tal vez fuera la permeabilidad que debían de adquirir a base de estar criándose en una comunidad multiétnica, en un grupo fraternal donde se mezclaban mandingas, fulas, sereres,  bambaras..., lejos de los adoctrinamientos familiares, presentes en cada hogar, tendentes a magnificar la supremacía racial y cultural de la tribu a la que pertenecían, frente a las demás, y que tan reacio hace al hombre anclado en el tribalismo y en el racismo a admitir como bueno cualquier cosa que provenga de fuera... o  tal vez fuera la influencia  de ese modesto profesor, que ajeno a cualquier ambición mundanal, llevaba años derrochando generosidad, enseñándoles sin recibir a cambio de nada...Todavía no había llegado a conclusiones en mi reflexión sobre los comportamientos netamente diferenciados que percibía en esa comunidad de muchachos sin padres ni tribu que les educaran , respecto a los que tan evidentes eran en el entorno cultural que los había arrojado hasta aquella explanada. Y ese era un asunto que me intrigaba y mucho...

Las otras dos cosas que me impactaron fueron dichas por el Profesor. Me gustó escuchar , frente a aquel público compuesto mayoritariamente por musulmanes,  el relato de  un hadiz, un dicho del Profeta , que decía:

“es más importante dar de comer a un hambriento que construir mil mezquitas...”.

En tierras del Islam, en donde , por mor de poner la religión al servicio del poder, ella había sido despojada de gran parte de su  contenido ético para magnificar los aspectos exteriores rituales, recordar esas cosas era muy necesario.

Me hubiera gustado completar la aportación del Profesor con  otro dicho del Profeta, que nunca  se enseña.

“Dios ama más una hora de justicia en esta tierra que 70 años de oración, y Dios detesta mucho más una hora de injusticia sobre esta tierra que 70 años desatentos  a la oración”.

 En la mayor parte de la vasta  franja de tierra donde parecía ser se seguía esa religión  hablar de Justicia suena indefectiblemente a cuestionar el poder bajo el cual matrimonia la religión oficial y sus representantes. No era por tanto sorprendente que tal “dicho” fuera mayoritariamente desconocido, pues recodar estas palabras era soltar dinamita, y pensé que a pesar de la fiesta que se prepara en el pueblo ese día no era la ocasión propicia para fuegos artificiales.

Tan solo me había dado una vez el gusto de pronunciar aquel dicho en un lugar especialmente adecuado para ello: fue en el despacho del Jefe de Policía y frente a él,   a tenor de un juicio pendiente contra un conductor de mi camioneta que había intentado destruirla al despedirle por su repetidos robos, y sabedor a través de un  funcionario honesto e indignado que para mi mala suerte esos días y de manera incompresible había sido destinado a otra población,   que  las dilaciones y zancadillas que se estaban produciendo en la instrucción eran debidas a la reciente “visita” al “boss” e influencias de familiares del denunciado. Había decidido visitar a la máxima autoridad con la intención de  hacer valer mis derechos a ese juicio, cuando en medio de la  conversación , el Jefe de Policía con una aparente cordialidad al saberse ante un europeo musulmán,
  me preguntó si “hacía la oración”. Maldita pregunta como si a ello se remitiera el asunto de ser o no ser. Tras contestar a su pregunta le dije que respecto a esa cuestión
 tal vez conociera el dicho del Profeta que antes mencionaba y que le relaté a él parsimoniosa y solemnemente, para entender en donde debía de quedar para nosotros el asunto de la justicia y la oración.

Le debió parecer a aquel hombre que aquello sonaba a insurrección y sin saber qué decir, añadió:
 
-“Sí, pero aquí no se aplica la Sharia, la Ley islámica, sino que nos regimos por el derecho británico”.

Me sorprendió en extremo ver como el inconsciente de aquel hombre había confundido las cosas.
 
-“Disculpe vd, ese dicho no tiene nada que ver con la Sharia que vd menciona ni con el derecho británico, sino con la importancia que un musulmán, y cualquier hombre decente debe dar al asunto del establecimiento de la Justicia, por encima de cualquier otra cosa”.

El Jefe dio por acabada la entrevista con una aparente cordialidad y unas promesas que yo no me creía en absoluto, y sabedor que dejaba tras de mí un enemigo peligroso, como después habría de demostrarme. Al menos , pensé, el petardo se lo he soltado en su despacho.

Y yo, en aquella reunión de bienvenida en Kergalo, opté por guardar en mi zurrón la misma dinamita, remitiéndome en definitiva a señalar lo acertado del nombre de aquella ONG , en suahili “Yo te amo mucho”, pues al fin y al cabo , el Amor era la clave de la Creación y de la Vida y sobre esa piedra angular sobre la que se había construido este mundo antes de que el hombre lo degradara , se encontraban las claves de la vuelta atrás.

  Optando por no mencionar que para que una aspiración  a la justicia pudiera ser perdurable debía estar basada en ese requisito y en el corazón, que no en una formulación puramente intelectual, como la historia reciente del siglo XX nos había demostrado.

El mundo entero y África en particular seguían clamando Justicia. Sin que estuviera claro las claves de cómo hacer eso.

El Profesor vino a acabar su parlamento a la sombra de aquel acogedor mango con una emocionante referencia personal, al comparar lo que estaba recientemente sucediendo en su escuela con el paralelismo de aquel que camina solo demasiado tiempo y agobiado
 por una pesada carga , inesperadamente encuentra la mano amiga de otro caminante que se  ofrece a compartirla con él.

Pensé en la escasez de comida que él podía proporcionarles , en sus años dedicados gratuitamente a la enseñanza, en los padres que habían soltado allá a sus hijos, en la inmensa responsabilidad que ese hombre había asumido y en lo que para él debían suponer aquellos acontecimientos que se estaban desplegando frente a sí.

 Ante aquella declaración del Sheij Yuma Njai, el Profesor, no pude menos que conmoverme y pensar que si  tan solo compartiéramos de vez en cuando la carga de los otros paliaríamos todos  los efectos de la injusticia en esta tierra , y por otra parte habría en un mundo aparentemente satisfecho de todo, menos depresiones, insatisfacciones, angustias, menos  sensaciones de soledad, menos desconcierto ante el hecho de que a pesar de tenerlo todo había algo que ni nosotros ni nuestros terapeutas mentales sabían identificar qué era...clamores del alma desatendida  que reclama el alimento que le es propio, el único que puede satisfacerla.



Fue una jornada intensa y memorable la que, tras los pesados y protocolarios parlamentos,  se desplegaría posteriormente, que tras haber entregado los sacos destinados a las cuatro familias mencionadas y conocer a los muchachos y las condiciones de vida  en las que se desenvolvían, concluyó con una gran reunión donde compartimos arroz africano preparado una vez más en el compaund del Imam. Entre los principales de la comunidad, otros paisanos y paisanas del poblado y los extranjeros, allí estaban también los niños y niñas de la escuela que tras la comida se aprestaron a recibir diferentes regalos que Nakupenda había traído para ellos, como balones hinchables y otras chucherías, entre los que destacaba un montón de camisetas amarillas, donadas creo por un grupo de japoneses, de bonito diseño en donde muy cerquita del corazón, sobresalía en azul un gran  número 94.

Sería días más tarde cuando en una de mis visitas a la explanada que hacía de vivienda y escuela, el Profesor rodeado como siempre de unos cuantos muchachos trató de señalarme algo con la emoción reflejada en un rostro, el cual era  por lo habitual  poco expresivo y reflejaba concentración continuamente, y cuyo mensaje yo no acababa de entender: se refería a las camisetas y al número 94 y me remitía al Corán. Fue todo lo que pude entender.

Más tarde, una vez de vuelta a La Granja me dirigí al Libro en busca del capítulo que llevaba ese número.

Al leerlo comprendí las expresiones dibujadas tanto en el rostro del Sheij así como en los muchachos. Aquel hombre acostumbrado a ver la vida desde una dimensión sagrada y trascendental no pudo menos que intuir que tras aquel repetitivo número colocado sobre los pechos de los chicos se escondía un mensaje. Su intuición, o vete a saber qué es lo que fuera, le llevó  a remitirse allá donde él creía encontrar las respuestas a las cosas evidentes y a las menos evidentes .  Allá bajo el número 94, leyó:

“En el nombre de Dios el Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia.

¿No hemos abierto tu pecho, y te hemos liberado de la carga que pesaba sobre tu espalda?

¿Y no te hemos elevado en dignidad?

Y , ciertamente, con cada dificultad viene la facilidad: ¡ realmente, con cada dificultad viene la facilidad ¡

Así pues, cuando te veas libre de pesar, mantente firme, y esfuérzate por complacer a tu Sustentador. “

Cerré los ojos y recordé entonces más vivamente la expresión de aquel hombre mientras trataba de decirme algo horas atrás, y la expresión feliz de los muchachos que asentían con la cabeza: para ellos aquellas camisetas les habían conducido a encontrar la evidencia de una conexión y la respuesta a una promesa largamente esperada. Los años de dificultades soportados con paciencia habían, para ellos, encontrado un final y aquel número les indicaba que los acontecimientos que estaban viviendo iban más allá de la buena suerte o la casualidad.

“Con cada dificultad, viene la facilidad...” pensé para mí. 

Mientras,  me acordaba de los ojos chispeantes de los chavales , de su sonrisa y sus rostros luminosos, mientras asentían con seguridad ante las palabras del Profesor. Y traté de imaginar lo que para ellos debía suponer pensar que una etapa se había cerrado y que ante sí tenían un futuro mejor. El cumplimiento de una promesa.



martes, 24 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (X). Películas de blanco y negro.


Han pasado tantas cosas y tan intensas desde que desembarcaron en esta playa, que me parece fue hace mucho. Pero no es así. Aunque no estoy muy al tanto  del día del mes en el que vivimos, ni tampoco el de la semana, mi ordenador me dice que no hemos acabado aún Noviembre y recuerdo que fue tan solo en el mes de Octubre cuando nos visitaron.

Les esperaba con el Patrol aparcado cerca de las tiendas donde los mauritanos comercian con arroz y aceite . Solo conocía a uno entre aquellos españoles que esperaba: aquel hombretón con mirada de gnomo inteligente, cejas arqueadas y trazas de soñador, David.

De todas formas no iba a ser difícil reconocer a un grupo de blancos entre el bullicio de los aledaños del mercado de Barra, en donde la marea humana multicolor salida del Ferri que cruza la bocana del Río Gambia se vierte sobre el ya turbulento y pintoresco escenario local, siempre agitado por el desasosiego de vender algo y ganar el difícil pan de cada día : porteadores que corrían temerarios alrededor de cualquier vehículo que llegara cargado de pasajeros en busca de un servicio, muchachos ofreciéndose a llevar los bultos de  viajeros en busca de vehículo, voceadores anunciando los diferentes destinos de los taxis “siete plazas” y las “guele-gueles”, esas inefables furgonetas de alto riesgo, a las cuales por estas tierras se les exprime su penúltimo viaje antes del desguace , merecido años atrás, que forman el grueso de la flota de transporte colectivo en el tercer mundo, partiendo siempre llenas a reventar y rodeadas de un avispero de jóvenes, la mayoría de ellos malienses o guineanos que ofrecen a los pasajeros hatillos de cinco barras de pan agitándolas en alto junto  a las ventanillas.

Hombres que arrastraban por los cuernos a carneros espantados, vendedores de cualquier cosa una gran parte de ellos, niñas que ofrecían con sus bandejas sobre la cabeza plátanos, maní, bolsitas de agua fresca a dos dalasis. Un decorado de viejas construcciones cuyas paredes parecen estar hechas para acomodar cualquier puestecillo levantado con cuatro tablas, y protegido del sol con lo que fuera, donde se alinean un sin fin de hombres, mujeres y niños de un mundo en donde , a falta de puestos de trabajo, el comercio de lo que sea es la angosta salida para ganarse el jornal.



No sé que era más llamativo, si ese grupo de blancos que se acercaban bajo un sol que a esa hora cercana a la canícula empezaba a ser de justicia y sobre los cuáles empezaban a ser evidentes sus efectos, o el enjambre de negros que los rodeaban tratando de captar su atención para venderles pan, servicio de taxi, anacardos o plátanos. En todo caso para cuando llegaron cerca de donde yo esperaba, eran ya una gruesa comitiva que avanzaba abriéndose paso entre una marea de personas, siempre con la expectativa dibujada en el rostro de poder dar el pelotazo de venderle a un blanco algo por cuatro veces más su precio.

Una vez pasado el largo, demasiado largo, tiempo, que había sido necesario para que esa maraña caótica de personas que llenaba a diario el escenario en cuestión se acostumbraran al color de mi piel, podía ya estar esperando apoyado en mi viejo coche, junto a los acarreadores de carritos para bultos que se arrependejaban a mi lado, sin que nadie  se molestase en tratar de hacer negocio conmigo. Al contrario, a base de frecuentarlo casi cada mañana, empezaba a ser parte de ese paisaje, y era ya en muy contadas ocasiones que algún despistado, no habitual a ese zoco, pasase a mi lado soltando con la cara torcida la cantinela de “tubaaaaab” ("blaaancooo ¡¡").

Habían sido ya infinitas veces en esos años pasados las que a base de encabronarme al principio, y echándole sonrisas al final, les devolvía el peculiar saludo contestándole “¿Cómo va la mañana , negro? O si prefieres te lo digo en fula, en wolof o en mandiga,  lo que prefieras...”. Por fin parecía que habíamos llegado a una entente cordial de saludarnos de otra manera, tras explicarles a la brava y repetidamente que eso de llamar a la gente por su color no estaba bien, y que “Blanco” y “Negro” eran nombres para un bonito caballo, para un perro, o para el gatito de su madre, que no para mí ni para él. No había sido fácil , por esa consustancial manera que tienen de relacionarse las personas de culturas más próximas a la naturaleza basada en estructuras de poder e hiladas sutilmente a través de relaciones donde abundan los gestos de imposición, más la final nos habíamos abocado  ambas partes a respetarnos cordialmente.

Dadas las reglas del juego imperante, no había como lanzar señales claras de que aquí no íbamos a hacernos daño nadie.

Tras ese tonto pero incómodo juego propio de la vida salvaje, acababas descubriendo que no había ninguna maldad en esas personas, solo que habían sido hasta ayer mismo cazadores y todas las tácticas de obtener ventaja sobre su presa eran aplicadas a rajatabla en sus relaciones humanas, siempre marcadas por la necesidad de ganarse la vida: la intimidación tendente a establecer de entrada una jerarquía beneficiosa, el disimulo, la trampa y la celada, el velar su juego al contrario, engatusarlo, marearlo y despistarle, ocultar siempre y en todo caso la verdad, todo era producto de lo mismo: la sabana y la selva ya no ofrecían al africano esa manera de sobrevivir, y era en esta incipiente urbanización de la vida a donde se habían trasladado todas sus artes cinegéticas. Esa perculiar y arcaica manera de luchar por la existencia era ya tan solo una forma de vida. Había bastado entender, al cabo del tiempo, ese ancestral atavismo para comprender de golpe que no era la maldad y el retorcimiento el que hacía tan difícil la vida entre ellos: simplemente eran cazadores, y yo siendo blanco y habiéndome venido a instalar en medio de ellos, siendo por aquí el único de este color, había sido inevitable que te adjudicaran esperanzadamente el honor de ser el atractivo más excitante de una merienda de negros.

Dos años largos de guerra diaria había sido suficiente para que ellos comprendieran que el bocado podía ser , cuanto menos indigesto.






Había recordado muchas veces durante estos años aquel comentario del que fuera mi amigo, filósofo culto, viajero por  oriente y occidente, reciclado a pescador en su pequeña filuca mediterránea  a una edad que el tiempo transcurrido cubría su cabeza y barba de un pelo tan blanco como la vela latina que impulsaba suavemente su barca.

Aquella mañana paseando a la orilla de una  playa bañada por esa luz que solo brilla en el mediterráneo reseco de su orilla africana y en trance ya de abandonar aquella maravillosa isla tunecina donde pasamos tres hermosos años, para recorrer un largo viaje hacia el sur de 7.000 kilómetros y a punto de despedirnos,  mi entrañable  amigo Sid Mongi, el cual  se vanagloriaba en un despliegue de dignidad y fortaleza  frente
 a las acosadoras autoridades locales que trataban de intimidar a los hombres que se dejaban de afeitar y a las mujeres que se cubrían la cabeza, espetándoles que  después de haber conducido su taxi en Bagdad, donde a la sazón se ganaba la vida,  cuando aconteciera la primera guerra del Golfo, bajo la lluvia de las terribles bombas americanas,  no era ya tiempo para él de tener que andar dando explicaciones de por qué se dejaba barba, me dijo mientras clavaba sus ojos en el horizonte:


“Sid Ahmed , en aquellas tierras a las que va, a vd y a mí se nos comerían  vivos”.

Desde una perspectiva no contaminada por la fantasiosa  y colonial mitificación
occidental del África Negra servida en celuloide, y desde el realismo de unos árabes acostumbrados al desierto que difícilmente deja márgen para  fantasear con la realidad, Sid Mongi tenía una prudente visión de las cosas.

Kerkennah, la ancestral Cercina,  una isla donde los titanes hacían de pescadores y a la cual  nuestro admirado Pío Baroja habría de definir toscamente como “una isla miserable donde los lugareños beben el agua de la lluvia”.  Siempre me había preguntado de dónde diablos pensaría Don Pío que provenía el agua que bebían los humanos...y el resto de seres vivos.


 Habían ya pasado unos años de aquella despedida en Kerkennah.

Era maravilloso vivir en paz y desde esa perspectiva esclarecida. Las  excentricidades tan abundantes entre mis convecinos y su peculiar manera de funcionar,  me hacía pensar que a veces ésto era como vivir dentro de un cómic. Un cómic que más allá de la superficie presentaba tonalidades trágicas.

No había sido fácil entender cómo funcionan. La mitología servida por las producciones holliwoodenses poco o nada nos han transmitido de estos pueblos africanos, situados siempre como decorado humano, porteadores casi todos, entre los que sobresalía el “negrito bueno” que servía el té o las copas a los rubios y rubias, la mayoría de las veces vestidos de blanco impoluto, o hacía de capataz traductor, el “negrito de la casa” de quien hablara Malcom X.  Ahora, esos los cazadores de película estaban  convertidos en turistas con sobrepeso a quienes veía subidos en esos camiones del ejercito reciclados para que los guiris pudieran mirar desde dos metros de altura el espectáculo de ese decorado con vida propia que parecía funcionar con un libreto de reparto fuera de control, bullicioso y a ratos apabullante . En donde parecía intuirse que los papeles de cazador, decorado y presa estaban trabucados.

Ya no había lugar para grotescas y repugnantes escenas como aquella inicial de La Reina de África, en donde Humphrey Bogart, antes de asomarse al lugar cubierto de hojas de palma donde los pequeños africanos aprendían la religión de los blancos bajo los acordes de un piano que Audrey Hepburn aporreaba agobiada por el corsé, arroja la colilla de su puro cerca de un grupo de negros que la disputan ansiosamente revolcándose por el polvo ,como los monos del zoo al echarles cacahuetes. La risa satisfecha del personaje nada tenía que ver con la mirada distante y desconfiada de estos turistas de Tour Operador a quienes les habían vendido esas caras excursiones en altas plataformas rodadas con la cantinela entre otras cosas de que no era seguro andar por ahí a ras de tierra.

Como lejano eco de aquella infame escena cinematográfica quedaba el desecho de arrojar desde los jeeps caramelos a los chiquillos que , esos sí, corrían como posesos y se daban de guantadas por recoger las piruletas para ver a quien antes se le pudrían los dientes en una tierra donde no había más posibilidad que escupirlos fuera cuando se les picaban.



Aquellos blancos que se acercaban a pie entre las gentes acarreando sus bultos habían salido de otra historia, eso estaba claro.



Reconocí y abracé a ese hombre que cuando pasó por casa como turista meses atrás para comer destacaba entre el numeroso grupo de turistas por sus amables y decididas maneras, tratando continuamente de hacer que todos sus compañeros de viaje se sintieran bien. Me pareció un hombre considerado. Sería más tarde, cuando de vuelta a España, aquel contacto con África que, habría de cambiar muchas cosas en él, le llevaría primero a crear un web para echar una mano a nuestro amigo y guía que les había atendido en sus vacaciones y que le convertiría a la postre en un benefactor motor para muchas otras iniciativas solidarias.

David había tardado muy poco en volver, enganchado esta vez a un viaje diferente de aquel primero que habría de remover tantas cosas en su interior. Montado a la grupa de la II Ruta del Arroz organizada por Nakupenda .

Aquella tropa era diferente.

domingo, 22 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (IX) . Agua....

Los acontecimientos se siguen produciendo como arrastrados por una brisa con sentido...¿quién cree en las casualidades? Yo no. Y dice un refrán que usan los árabes que Dios te pone en el camino un médico cuando lo necesitas...

Mientras estas semanas andábamos reparando el pozo, cortando puntales y hojas de cocoteros, y soñábamos con hacer lo que años atrás me propuse y no pude porque pasó lo que pasó, por otra parte la Providencia seguía manejando sus hilos a través de nuestro amigo Sebastián,para tal vez echarnos una mano, otra más, que se descolgó hace días diciéndome que había por ahí unos fondos para apoyar algunos proyectos relacionados con el agua, y a ver que teníamos nosotros que decir.

Esta mañana le envié esta carta, que delinéa el proyecto tras el que andamos al poner esa huertecita en marcha, con todas sus implicaciones.

Como nosotros, todos los que estamos por aquí, ya somos también una comunidad quiero compartirlo con vosotros:

"NAKUPENDA SANA
Don Sebastián Gosatti Androna
Presidente

Amigo Sebastián, he podido abrir y leer lo que me mandas. Vale.

Esta mañana me ha llamado Paqui, y le he presentado brevemente las reflexiones que estos días a raíz de tu anuncio para optar por una subvención para un proyecto de agua, había ido dando forma. Y que la última publicación , al que hace el número VIII en el blog, pergeña el asunto.

Creo que ya está. Creo que tengo claro lo que os voy a proponer y creo que sería un grandísimo proyecto.

En definitiva la obtención de esa subvención nos ayudaría a quemar etapas pronto.

Como recordarás cuando visitamos la huerta de los chavales, el campo de la escuela se dividía en dos parcelas, una pequeña de no más de 250 m2 que es donde estamos haciendo el sombreado y plantando y sobre la cual cifraba mis expectativas de realizar una pequeña prueba que usase materiales sin coste para sombrear, que pudiera darnos una pauta de  explotación de una pequeña huerta durante la época seca, de manera que
aportara a los chavales nutrientes diferentes y tal vez un a pequeña fuente de ingresos.

Lindando con esta pequeña parcela se encuentra un campo, tal vez de dos mil metros cuadrados o más en donde hacen agricultura intensiva durantes las lluvias, y ahora al final de ellas plantan sandías, como es la situación actual.


La experiencia que en esta temporada podemos obtener de la explotación piloto de estos 250 m2 nos indica el camino, que se allanaría y aceleraría con la obtención de dicha subvención. Me explico.

Yo ya les ha dicho que si esta experiencia sale bien, el año que viene cubriremos de semi sombra el campo grande y que ello nos dará mucho juego, y mi objetivo es que esa comunidad sea autosuficiente para  valerse por sí misma. Es más que ya que esa "abundante mano de obra" que son los chavales están allá por varios años, tal explotación se convierta en una escuela de agricultura moderna para ellos. Esa es la enseñanza profesional que obtendríamos tras años de cuidarse de la huerta con asesoramiento y medios modernos, que harían de ellos, al salir de allá, unos agricultores conocedores y acostumbrados a manejar unos requisitos actuales. Ninguna otra preparación profesional sería mejor que esa. Por ahora África vive y puede desarrollarse basada en la tierra siempre que aprendan unas determinadas cosas y se le aporte lo medios y aprendan a utilizar los más baratos que están a su alcance.

Por tanto el proyecto que os presentaré tendrá como objetivo la realización de un pozo en el medio de dicha extensión de 2000 m2, una torre de agua y tal vez una canalización mínima de riego.

Esta será la base para hacer de la Escuela de Kergalo , una comunidad autosuficiente capaz de generar ingresos y nutrientes extras para los chicos de esa institución, y fondos para mejorarse a sí misma en el futuro. Amén de ser un ejemplo para los vecinos.

Contamos con el elemento clave que se encuentra con dificultad entres estas gentes: el entusiasmo, los deseo de salir adelante, y abundante mano de obra que pueden hacerlo posible.

Necesitamos un nuevo pozo, unas bombas manuales, una torre de agua y un cierto sistema de irrigación. Esto último puede obviarse pues con regaderas, 50 niños dan para mucho.

Creo que es un proyecto maravilloso:

* solucionamos , dándoles a ellos medios de subsistencia , el problema de su mantenimiento alimentario. Ya les he dicho que el arroz no caerá siempre del cielo, así que a currar...

* Les enseñamos agricultura moderna, y por tanto el oficio de sus padres, pero mejor, y algo más, aparte del árabe y el Corán, para ganarse la vida, sobre algo que lo tienen muy cerca: la tierra.

* Creamos de hecho una escuela permanente de agricultura para que los centenares de niños que pasarán por allá en los años que dure la Madraza se beneficien de tal enseñanza.


La subvención debería de ayudarnos a tener pronto unos medios necesarios, y no será mucho dinero, como un nuevo pozo y mejor, las bombas manuales de pistón o de cuerda, o ambas, el tanque elevado y el riego. Si solo podemos disponer de las dos primeras, bendito sea Dios, con un tanque a ras de tierra y 20 regaderas llegamos a donde haga falta. Juá.¡

No sé qué dificultades tendré para hacer el presupuesto, pero pienso que echando mano de la ONG Concern Universal que se dedica a implementar sistemas de irrigación (pozo, suministro de bombas manuales, etc) y con su socio en esta parte del río, el Centro de enseñanza Agrícola de Njawara, que se dedica a enseñar agricultura, lo
tendré todo para cuando venga Paqui. Insha Al.lah ¡

Realizar con estas organizaciones el proyecto se completaría teniendo los fondos, que no creo sean altos pues son precios para agricultores locales,  para enviar a uno o dos de los muchachos mayores a punto de licenciarse a pasar por el cursillo de aprendizaje que Njawara imparte  para agricultores que creo es de tres meses, de manera que en un año o dos de ejercicio en la Madraza cumpliendo esa función crearían la cadena de transmisión de conocimiento que pasará de muchacho a muchacho y de generación a generación.

Creo que estas ONG Concern Universal y Njawara además se ocupan de comprar a las explotaciones de los agricultores  formados por ellos, el producto, con lo que completaríamos el proyecto de futuro.

Creo que ese es el proyecto. Con ésto y lo que estamos haciendo para mejorar sus condiciones de vida y de estudio, en dos años habremos completado un programa muy beneficioso, no solo ya para asistir a una gente necesitada, sino para hacer sostenible la Madraza y ella misma en tanto que escuela práctica de agricultura que formará a centenares de jóvenes que volverán a sus pueblos

Mejor no podría ser:
1 solventar el problema de manutención de la comunidad de chavales
2 crear una explotación agrícola sostenible
3 mostrar a la aldea unas perspectivas diferentes
4 crear una escuela práctica de agricultura para muchos muchachos que
después volverán a la tierra con un oficio.

No sé que pensaréis, pero si yo estuviera en el tribunal que adjudica los fondos a
los proyectos daría a este un 10.  Juá.¡

Un abrazo

Gustavo"

Y si no tenemos los fondos de esa subvención , ya llegarán por otra parte. . Si Dios quiere



Ahora sí, ahora ya hay un proyecto para la Madrasa de Kergalo: consolidar la institución para los fines que fué creada hace decenas de años, solventando ahora las carencias básicas para una vida decente y los medios para la continuidad del estudio, y completarla creado una explotación agrícola moderna que le permita no vivir de la solidaridad, y lo más importante crear generaciones formadas de niños y jóvenes que tendrán una experiencia para llevar a sus  pueblos con nuevas técnicas e ideas para trabajar la tierra todo el año utilizando materiales al alcance de la mano, en buena medida.


Estamos avanzando muy rápido y lo podemos conseguir entre todos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (VIII) . "¡¡Venga, venga, venga!! "




Sorprendentemente en pocos días habían realizado los bloques necesarios para reconstruir la boca del pozo. La habían reconstruido,  y con el cemento restante habían procedido a enlucirlo y afirmado una base a su alrededor para evitar, como en la situación anterior del realizado con una argamasa local, que la erosión de las lluvias lo destruyera. Era un buen trabajo. Y sobre todo habían vuelto a reaccionar con una rapidez extraordinaria ante cualquier movimiento que hacia ellos se hubiera realizado.

Ahora ya estábamos en situación de dar el siguiente paso.

Los  tres primeros años que había pasado aquí con el objetivo de crear una explotación piloto de unos mil metros cuadrados que fuera reproducible para los agricultores locales, con los requisitos mínimos para que contuviera una huerta explotada convenientemente, habían acabado mal. El desastre de las fresas había cerrado para mí cualquier posibilidad de seguir por ese camino y sería ello en definitiva lo que me acabaría abocando a transformar nuestra granja en un pequeño lugar de acogida de viajeros. Parada y fonda.

Pero esa es otra historia que no viene a cuento. Por ahora...

Era obvio que en este país se realizaba mayoritariamente una agricultura anclada en el neolítico o aledaños: quemar los rastrojos antes de las lluvias, esperar que cayeran las primeras gotas, sembrar mijo, cacahuete o maíz, esperar tres meses, recoger y poco menos que sentarse debajo el mango a que fuera necesario de nuevo quemar los rastrojos de la cosecha anterior antes de que cayeran las primeras gotas de la siguiente temporada.

Habían funcionado así desde hace cientos de años. La generosidad de la naturaleza en estas tierras , la abundancia de agua en la época húmeda y las pocas exigencias de una vida tranquila y feliz basada en  una economía de supervivencia han hecho a estos pueblos acomodaticios a una situación que los tiempos modernos amenazan con hacer crujir desde  sus cimientos: las lluvias se acortan generación a generación, especialmente en la última mitad del siglo pasado, la tierra destinada a la explotación intensiva que practican va agotando sus recursos al no devolvérsele una parte de los nutrientes que se le extraen y sobre todo ha llegado el dinero y las repercusiones de un mundo globalizado, y han llegado los ecos de un mundo ajeno a ellos, un sociedad de abundancia, de cantidad de cosas y cacharritos, y las necesidades se han multiplicado, por mor de la televisión y de los embajadores de ese lejano mundo: los blancos. Los precios de los cereales que cultivan no progresan en la misma medida que  los precios de los productos importados que son casi todos y que hay que adquirir,  la producción que obtienen, cada vez más magra,  y las nuevas necesidades no dan para seguir el ritmo. Este tipo de agricultura ha dejado de ser para ellos medio suficiente  para sobrevivir . Así pues,  la gente joven, siguiendo las pautas de este mundo-aldea  no encuentra atractivo en seguir el camino de sus padres  porque lo que se requiere y cada vez más es dinero para comprar y consumir , y no pueden plantearse un horizonte de supervivencia a costa de un trabajo cada día más parco de resultados y menos atractivo.



La ausencia de puestos de trabajo remunerados, la falta generalizada de preparación académica y profesional y de medios para adquirirla cierran un círculo infernal. Y la imparable penetración de la sociedad de consumo en los hábitos de los jóvenes conforman un cuadro generador de un lumpen que nada tiene ya que ver con la sociedad de sus mayores.

Pero la tierra está ahí, asentada sobre un mar de agua purísima a tan solo 10 metros de la superficie  en la mayoría de los casos , sigue siendo la única salida factible para una gran parte de la sociedad.

Hay inconvenientes que se deben saltar para viajar de la agricultura del neolítico a la del siglo XXI. Inconvenientes objetivos e inconvenientes mentales.

Esta tierra ha sido , dentro de esos parámetros de supervivencia ancestrales, extraordinariamente generosa. Y a ello se han acomodado bien. Y es bien sabido que cambiar los hábitos de un agricultor no es cosa fácil.

Si hay agua, y un pozo local puede ser construido por cualquier familia con relativo esfuerzo y un gasto asumible, el asunto se reduce básicamente  a cercar el terreno para que el ganado suelto no impida llegar al final de la cosecha, y sobre todo reducir la radiación solar que puede abrasar absolutamente todo lo que se plante durante la época seca.

Durante el tiempo que anduve haciendo pruebas para entender las posibilidades y dificultades de hacer operativa una huerta de mil metros cuadrados que podía proporcionar al agricultor local más beneficio que las hectáreas dedicadas en la época de lluvias al mijo y al maíz, y sobre todo una gama de nutrientes rica como solo la verdura puede aportar y con ello mejorar sustancialmente la dieta de la familia y especialmente de los más pequeños alimentados a base de arroz blanco desde que los destetan, sobre cuyas carencias hace estragos la anemia y sobre ella la malaria y cualquier otro latigazo de estas tierras...durante esos años explicaba a los trabajadores de la granja, todos ellos agricultores de época lluviosa,  que el sombreado que yo aplicaba con una malla de plástico era factible de obtener de manera  similar con materiales sin coste como serían puntales de madera cortados de los manglares del río para hacer la estructura de soporte de un entramado superior que debía ser cubierto con hojas de palmas, de cocoteros o de cualquier otro material filamentoso que matizara el impacto del sol sobre las plantas.

A pesar de que esos agricultores veían crecer unas tomateras hasta dos metros y más,  que no las habían visto en su vida, ninguno de ellos se animó lo suficiente como para intentarlo por sí mismo.

Bastó un día, a la sombra de un árbol, el día que desembarcaría Nakupenda en esta playa, y una explicación  entusiasta de 15 minutos al Profesor de la Madraza y a los chavales, para que antes de tres  semanas tuvieran construido el rústico sombreado con cerca de 200 m2 de superficie




Simplemente no me lo podía creer.

Desde que vi la respuesta de esos chicos ante esa sugerencia, empecé a soñar que más allá del impulso inicial que pretendía que esa comunidad pudiera enriquecer su dieta y ser más autosuficiente, acabábamos de abrir una puerta, tal vez la más prometedora para cambiar muchas cosas en el presente y en el futuro de esa escuela. Y en el de los chavales.

Más aún, comprendí que si la experiencia salía bien, esos chicos iban a ser los artífices de que a la vista de los resultados , la aldea de Kergalo iba a contagiarse de la experiencia. Íbamos a mejorar la nutrición de una aldea entera. Íbamos a mejorar sus ingresos, íbamos en definitiva a cambiar el futuro de las nuevas generaciones. Íbamos a saltar del neolítico a la modernidad. Íbamos a darle fuego a la resignación, a la molicie que yo tan bien conocía en las caras escépticas de mis trabajadores, a los que no lograba mover ni un pelo. Íbamos a dar candela , y de la buena.

Acostumbrado a soñar quimeras, pensé que si lo lográbamos , esa experiencia en la aldea podía ser el epicentro de un terremoto que sacudiera la comarca, y tal vez, tal vez, más allá...

Esos chicos, unos de Senegal, otros de Guinea, otros de Sierra Leona, gambianos muchos,  tenían que aprender a trabajar la tierra de otra manera, y cuando acabaran sus estudios de árabe y Corán en la escuela de Kergalo, iban a llevarse en su hatillo algo más que el Sagrado Corán: podían llevarse consigo un mensaje de esperanza para ellos y para sus familias.

Estos chicos de Kergalo, con sus más mayores a la cabeza que se reían divertidos cuando al areganles que tenían que construir pronto el sombreado porque si no los iba a correr a cachetes, una vez más habían reaccionado con un entusiasmo inhabitual.





Cuando muchas mañanas , camino de Barra en coche  , veía por el lateral de la carretera que corre paralela a las marismas que forma el río cerca de la aldea a un enanillo de ocho años o así, caminando encorvado y llevando sobre su cabeza un montón de hojas de palmera, que apenas podía abarcar con sus brazos , pensaba que con esos guerreros  podíamos cambiar el mundo, que lo estábamos haciendo, que la ilusión de unos niños y unos adolescentes por verse el centro de atención y afecto  de unos blancos que aparecían por allá a ocuparse un poco de ellos, estaba levantando unas perspectivas impensables hacía poco.

Y es que el amor, pensaba es capaz de cambiarlo todo.

“Venga chavales, que Almudena viene en un par de semanas con las semillas, y con ella David nos manda para comprar un saco de fertilizante, y esto hay que acabarlo antes y labrar la tierra. Y todavía hay que ir a cortar un montón varas de dos metros cada una para que los tomates suban al cielo ¿habéis visto volar a los  tomates,  trepar por una vara? Pues si Dios quiere los vamos a ver trepar  en tres meses. Venga , venga, venga  chavales ¡¡¡ que no os vamos a traer el arroz toda la vida y que hay que trabajar para ganar lo que se necesita, por vosotros mismos. Y además os digo que vamos a hacer los mejores tomates y que vamos a poner un puesto en el mercado de Barra, un puesto que diga que ésos, los mejores, tomates los hacéis vosotros en la escuela de  Kergalo,. Vamos a vender tomates, chicos, y judías, y berenjenas, y pimientos...Venga,  venga, venga ¡¡ que las semillas van a llegar y vamos a hacer volar los tomates como quien vuela cometas de ilusión ¡¡¡”

martes, 17 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (VII) . Sergio y la Luna LLena.

Había llegado a La Granja como una pluma es arrastrada por una suave brisa que la deposita cerca de ti como solo se acomodan las cosas con las que hay que tener cuidado.

Era un viajero solitario y su aparente fragilidad de cuerpo y su etérea mirada concordaba perfectamente con la dulzura de su voz cuando por teléfono me preguntó si teníamos habitaciones libres.

Tal vez por ser un deportista de maratón había debido dejar suspendido en el aire que tajaba a su paso al correr buena parte de las rémoras que se nos pegan como queriendo ser parte de nosotros mismos. Era un hombre que tendía indefectiblemente a la expresión de la esencia.

Al día siguiente me acompañó a mis compras en el mercado de Barra. La noche anterior ya habíamos tenido tiempo de hablar de este país y sus gentes. Y también de los Niños de Kergalo.

Antes de salir para Barra le había comentado que ese día tenía previsto  comprar un par de sacos de cemento destinados a reparar el pozo de la huerta de los muchachos.

Días atrás el Profesor me enseñó el pequeño terreno adosado a su compaund,  donde debía de cultivarse algo de vez en cuando , me llevó hasta el pozo de donde sacaban el agua con una larga cuerda atada a un cubo amarillo hecho con un bidón de aceite vacío: la boca del pozo que se elevaba menos de un metro bordeando el agujero se había derrumbado en parte con las últimas lluvias y debo confesar que a mí me dio reparo mirar hacia abajo sin esa barrera protectora tanteando con el pie la firmeza del terreno que abocaba a un túnel que se sumergía poco a poco en la oscuridad a medida que ahondaba en su profundidad de  15 metros, en cuyo fondo un círculo de agua reflejaba el azul de un cielo que nos devolvía la paradoja de la luz que se encuentra al final del túnel..”Tras la dificultad, la facilidad”, me habría de decir semanas más tarde el Profesor con ocasión del mensaje que creyó ver en las camisetas que Nakupenda habría de traer para los chicos.

Aquel pozo cualquier día iba a tragarse algún niño.

A Sergio le pareció muy bien compartir la carga conmigo, de tal manera que uno de los sacos de cemento recayeron sobre su hombro y su bolsillo.

En el viaje le comenté que mi intención aquella noche era ir a cenar con los chavales, pues quería comer el plato que las esposas del Imam  preparaban para ellos con las cosas que cada día les llevábamos. Recientemente habían pasado a preparar el plato del medio día a la cena, tras la puesta de sol, pues según me dijeron, mientras me consultaban si me parecía bien, al medio día algunos chavales no se encontraban por los alrededores por haber tenido que ir al bosque a alguna faena, y porque además hacer de la cena un trago satisfactorio ayudaba mucho a irse relajado a la cama. Lo de la cama era una forma de hablar, claro...Así que le propuse a mi huésped si quería acompañarme, tal vez fuera una experiencia que le gustase...

Recuerdo que ya al pasar por Essau vimos alguna de esas pizarras que anuncian los partidos de fútbol que se televisan en color en uno de esos locales en donde sobre unos bancos corridos los aficionados podían seguir vía satélite los partidos de las diferentes ligas europeas, previo pago de entrada de 10 dalasis.

A Sergio le llamó la atención el anuncio, creo recordar,  del Real Madrid contra el Sevilla. El era un gran aficionado que aún siendo madrileño se contaba entre las huestes del Barça y para más merecerlo había seguido en la Escuela de Idiomas clases de catalán. Le propuse que si le apetecía podíamos venir a verlo esa noche a uno de esos locales que no había yo tenido el gusto de entrar, experiencia que no se encontraba entre las muchas de sabor añejo que te proporciona el vivir en estas latitudes y con las que yo disfrutaba tanto como con mis deambulares por el entrañable mercadillo de Barra. Eso y no otra cosa me sugirió la posibilidad de darnos ese chute aquella noche pues debía de hacer 10 o 15 años que no veía yo un partido de fútbol, más o menos desde que la lúcida de mi mujer decidió, de mutuo acuerdo claro está, poner la televisión lejos de nuestras vidas.


“Si te apetece de verdad podemos ir a cenar mañana a Kergalo” le propuse. Pero él rehusó. El primer plan le atraía mucho más y no estaba dispuesto a canjearlo por ningún otro.

De regreso a casa dejamos como cada día el hatillo para la comida en el compaund del Imam y nos acercamos a darles al Profesor y los chavales las dos bolsas de cemento para reconstruir con bloques el murete circular que lo rodeaba.

Al caer la noche nos acercamos a Kergalo y con Modu nos fuimos los tres a probar el arroz de los muchachos.

Sentados en la oscuridad del patio que enmarca las construcciones del compaund y con una linterna que nos permitía saber donde meter las cucharas que a la sazón había tenido la precaución de llevar conmigo pude saborear a lo poco que sabe un arroz blanco con un poco de salsa de tomate colocada en su cima como una guinda y unos pescaditos en la misma cumbre de esa montañosa masa de blancos granos, y no pude menos que reflexionar sobre esos chicos que se sentían los más felices del mundo últimamente por no pasar hambre. Estoy seguro que acostumbrados desde siempre a una dieta escasa y monótona ni por el más recóndito lugar de su mente pasaba la queja de comer día y noche el mismo plato de sabor y nutrientes, siete días a la semana. El paladar y la variedad es una sofisticación cuando lo prioritario es acallar el estómago.

Y pude constatar cómo los más pequeños devoraban con ansiedad los puñadillos de arroz que se metían en la boca...Excepto echarme al buche dos o tres cucharadas no podía dejar de sentirme abducido ante el sobrecogedor acontecimiento de unas docenas de niños sin padres ni hogar en torno a unas grandes fuentes llenas de arroz blanco, en cuclillas en medio de la oscuridad de la noche matando el hambre a puñetazos...

Se iban levantando apresuradamente a medida que acababan, mientras el último de los más pequeños rebañaba la fuente con una pierna puesta en el disparadero como quien arrastra una maleta por un anden con su tren a punto de salir, sin querer dejarse tras de sí ni un grano en la plaza.

Tras despedirnos de las sombras adultas familiares que trajinaban con los cacharros después de la espantada, Sergio y yo nos dirigimos paseando a la explanada de los muchachos, escasamente separada 50 metros del lugar de la cena.

Entonces entendí las prisas de los chavales: frente a la casa del Profesor sobre un gran círculo de troncos que yo ya había conocido en mis visitas, rodeando un centro de cenizas se alzaba una hoguera en torno a la cual se sentaban aquel manojo de desamparados con sus libretas en la mano. La hoguera a trompazos se volvía inmensa según algunos de los niños arrojaban a ella unos hatillos de yesca y madera menuda que levantaba inmensas lenguas de fuego que daban para alumbrar perfectamente el gran círculo de estudiantes que la rodeaban.

Según nos íbamos acercando eran cada vez más intensas las voces entusiastas que recitaban el Corán hasta convertirse en una algarabía, que por ruidosa que fuera no quitaba a la escena un ápice de una majestuosidad sagrada y por tanto sobrecogedora: por encima de aquella explanada luminosa, tan desoladora y desolada a la luz del sol, en lo alto de un cielo cuajado de estrellas, exactamente sobre aquellos niños una luna llena de una belleza en aquella ocasión indescriptible parecía estar colgada de la cúspide de una columna de fuego, humo, chispas y voces inocentes en este caso de unos niños que aún y estando destinados, por ahora, a dormir sobre el duro suelo tenían aquella noche los estómagos llenos.

Nos mantuvimos escuchando por un tiempo a una distancia prudencial, en silencio, Sergio y yo.

Me sentía sobre cogido en aquel lugar que de pronto bajo las sombras de la noche y el fulgor de las llamaradas había cobrado una dimensión desconocida para mí hasta entonces: en ese escenario desvelado se mostraba ante mí la plenitud de la nada. Porque habiendo nada aparentemente en aquel lugar de pobreza, nada absolutamente nada más podía caber en ese lugar, pleno como estaba de tanta dignidad y belleza.

Cuando nos dimos respetuosamente la vuelta para dejarles con sus alabanzas a Dios, mientras sin pronunciar palabra nos dirigíamos al coche, ambos dos tratábamos de asimilar el significado de lo que aquella noche habíamos vivido, con ese acto magnífico y final de una historia perdida en una pobre y remota aldea de esta parte de África, que a mí me parecía, en esos momentos, el centro de la tierra, el Sancta Sanctorum del Universo.

Estaba seguro que ninguno de los dos olvidaríamos nunca lo que habíamos visto y vivido.


MENSAJE PARA TODOS VOSOTROS

Queridos amigos y amigas. Cuando empezó esta historia que trato de contaros y mantenerla viva en vosotros, no pensé nunca que esto fuera “Un Proyecto”, como se entiende cuando alguien o alguna organización desarrolla una actividad en cualquier parte del tercer mundo , para afrontar una carencia o un problema determinado: lucha contra la malaria, fomento de proyectos agrícolas, construcción de escuelas o de hospitales etc...y para ello desarrolla una actividad basada necesariamente en la captación de fondos y voluntades que hagan sostenible ese proyecto.

Nada de ésto, en relación a los Niños de Kergalo, nació de esa manera. Cuando nuestro amigo David a su vuelta de la II Ruta de Arroz introdujo en su página el concepto de Proyecto referido a estos chicos, yo me sentí de alguna manera confundido, y me dirigí a él para decirle: “David yo no sé si ésto es un proyecto, para mí es y nació como una acción de vecino, algo que moralmente me sentía obligado a hacer”

Soy consciente que la carencia de fondos necesarios de subsistencia en esa escuela, o campamento de chicos, hace que echarles una mano no sea cosa de un día, y que la asistencia para correr en parte con unos gastos destinados a que al menos les llegue el arroz cada día para que no pasen hambre, puede ser algo que se extienda en el tiempo..

En esta nota dirigida a todos vosotros quiero “presentaros” de alguna manera, ya que me siento responsable de haberos implicado en esta historia, la reflexión que sobre este asunto he ido desarrollando estos meses, a medida que las cerezas se enganchaban unas a otras según iba tirando de ellas.

Si estas reflexiones constituyen “un proyecto” o “un programa”, es lo mismo que lo mismo da, pero al menos para mí supone unas ciertas guías de actuación y para vosotros un saber qué estamos haciendo y en qué podéis colaborar:

1.- el asunto del arroz: Nakupenda nos dejó arroz para 7 u 8 meses y aceite para más. Dios dirá en el futuro y seguro que llegará más arroz cuando lo necesiten habiendo como hay en el mundo tanta buena gente como vosotros.

Pero ahora hay amigos y está Nakupenda que quieren seguir haciendo cosas por ellos. No creo que se trate de comprar más arroz.

2. Las donaciones que se han hecho, reflejados en el primer Estado de Cuentas, nos han dado para comprar los sacos para hacer los colchones. Siguiente asunto en prioridad para adecentar sus condiciones de vida. Ya está. Tema resuelto.

3 Queda algún dinero y con ello creo que debemos tratar de suministrar al menos para los más pequeños unas sábanas para que ellos se cubran y se protejan los colchones. Esto es lo siguiente a hacer. Mi mujer me dice que con 600 dalasis podemos comprar un rollo de una buena cantidad de metros de tela. Las sábanas pueden salir de ahí, luego sin haber hecho un presupuesto, creo que podemos llegar con el dinero que hay en caja.. Listo ¡, como dicen en La Argentina.

4. Cuando me vaya poniendo al día en el relato os contaré la historia de la huerta de los chavales, un “proyecto” que considero de capital interés para mejorar la calidad de su nutrición, así como para enseñarles agricultura. Y si Dios quisiera sería, si sale bien UNA FUENTE de ingresos para esa comunidad que deberá de ir desarrollándose en envergadura con el tiempo. Se trata de enseñarles a ganarse la vida y no depender necesariamente de la solidaridad.

5 He ideado algo que creo os gustará. Recordáis cómo disfrutamos comiendo arroz africano en el compaund del Imam cuando con ocasión de la entrega de los treinta sacos que donó Nakupenda?

A través de vosotros, del inmenso trabajo de David a través de su web estamos contribuyendo a extender la alternativa de Turismo Solidario, y una corriente de simpatía hacia estos hermanos nuestros, estos niños de Kergalo, y ese afecto está llevando a gente a desear conocerlos y hacer algo. Amigos que pasarán por La Granja del Mono para irlos a conocer...Bien. He pensado y así se lo he propuesto al profesor que aparte de que un grupo de “blancos” se acerque de tanto en tanto a saludarles, echarles una mano, ver las mejoras que poco a poco se irán produciendo en esa comunidad, a disfrutar de lo que ellos están contribuyendo con su ayuda, sería muy agradable poder sentarnos allá, bajo un sombrajo de hojas de palma, mientras comemos un arroz preparado por la familia del Profesor y los chicos. Pagaremos por ello una cantidad correcta, 50 dalasis por persona, algo más de un euro, y aparte de disfrutar LES ESTAREMOS PROPORCIONANDO OTRA FUENTE DE INGRESOS. ¿qué os parece?

Creo que si hay un “proyecto “ en Kergalo lo constituye prioritariamente esto:

*Solventar los problemas urgentes de manutención, higiene, condiciones de vida y salud. Y en ésto estamos avanzando muy rápido

*Ayudarles a crear fuentes de ingresos: la huerta y el “restaurante”, son dos ideas. Una está en marcha, la otra la ponemos a funcionar en un plis plas.

6. A medio plazo construir un porche techado de 15 x 8 metros más menos que con un muro divisorio den lugar a dos aulas.

Proporcionarles pupitres y bancos

7 Bordar el trabajo sería , y esto ya sí suena a proyecto, facilitarles los medios para que esos chicos puedan estudiar al menos inglés y números, matemáticas, para que estén en mejor situación de desenvolverse en la vida. Es decir, pagar un profesor que podría sacarse de la aldea. Bien podría ser Modu, el hijo del Alcalo, que tiene un cierto nivel de educación y puede enseñar inglés.

8 Tal vez enseñarles un oficio, como puede ser carpintería en el taller de carpintería que tengo en La Granja.


Por ahora, los sueños no me dan para más.

Pero lo que hagamos vamos a hacerlo poco a poco, sin abundancias porque no las hay y no es conveniente que las haya. Saco a saco de cemento. Haciendo que los chavales participen, aprendan agricultura o al menos unos pequeños métodos que les haga saltar en ese terreno del neolítico al siglo XXI. Darles un techo para que durante las lluvias puedan seguir estudiando y que los más pequeños no se distraigan con un carro que pasa. Ayudarles a que se ganen la vida teniendo ingresos por sí mismos, yendo a comer arroz a su casa pagándoles un precio justo por ello.

NO creo que todo esto sea un proyecto, tan solo una ayuda de vecinos, lo que deberíamos hacer con cada hermano necesitado y una lección para todos nosotros, para mí el primero, algo de donde no dejo de aprender y crecer, una forma de vivir la vida que es lo que nos debe importar, pero era importante que supierais a dónde al menos yo quisiera llegar en el sentido de objetivos concretos a conseguir, o por el camino que quisiera transitar, si solo llegamos a la mitad, bendito sea Dios. Si nos pasamos 40 pueblos, bendito sea Dios.

Toda la tierra es Kergalo y todos los días son Ramadán.

Y todos son nuestros vecinos...

y además, podemos cambiar el mundo.


Ahmed

Espero vuestras opiniones

sábado, 14 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (VI) Viajando al corazón


El anuncio de Sebastián, al respecto de su futura visita e implicación de NAKUPENDA SANA en la situación de los Niños de Kergalo, no solo fue un alegría y una esperanza, tuvo otras consecuencias no menos importantes, y una de las más relevantes es que me había abierto de par en par una perspectiva que lo cambiaba todo: la de la cooperación. De pronto las posibilidades se multiplicaban enormemente y la sensación de soledad se difuminaba inversamente en la misma proporción. Quizá fuera una lección de Perogrullo, pero en todo caso no había contado con ello. ¡Y qué fácil había resultado ser¡¡¡ tan solo bastó abrir una ventana frente a él que daba a un paisaje harto conocido para Sebastián para que su corazón lo abarcara de inmediato.

Esta lección tuvo sus consecuencias muy pronto. A los pocos días sería Abdulay Jallow, el guía, nuestro amigo, quien me llamaría para anunciarme que al siguiente día pasaría por La Granja con un grupo de seis personas a comer. Rutinariamente le pregunté si la excursión era al Parque de Fathala, en Senegal y me dijo que no, que era una “Excursión a Pueblos”, una de esas inmersiones en el entorno rural que les permitía a los viajeros echar un pié a tierra y acercarse de la mano de Abdulay a la gente. Esta excursión a veces solía incluir una donación de un saco de arroz que era entregada al Alcalo de una aldea....Cuando cortamos la comunicación, pensé que si esas personas iban a entregar un saco de arroz a alguien, por qué no podían hacerlo a los niños de Kergalo, de los cuales sabíamos que estaban bien necesitados. Le llamé inmediatamente para confirmar si su excursión tendría ese componente, y me dijo que no, que el grupo pensaba repartir caramelos...Fue la confianza que me otorgó la reacción de Sebastián la que me impulsó a comentar a Abdulay la situación de los chavales, lo que habíamos empezado a hacer por ellos y a proponerle se la planteara a ese grupo de turistas, quizá ellos pudieran desear, tal vez....

Al rato recibí la llamada del guía, para decirme que el grupo estaba encantado de colaborar y que entregarían un saco de arroz de 50 kilos y una garrafa de aceite de 20, que estaban encantados de ir a conocer esa aldea y esos chavales....

Yo seguía sorprendido ante ese novedoso desparpajo mío para pedir ayuda y ante la generosidad de la respuesta. Para mí ambas cosas eran nuevas y tenía la sensación que aquel trayecto iniciado unas pocas semanas atrás presentaba ante mí unos matices con los que no había contado al comenzarlo. Intuía que algo, por alguna parte se había abierto y por ese hueco empezaban a fluir energías, personas y acontecimientos que escapaban a mi control, proceso que empezaba a afectarme personalmente de manera que eran otras cosas más íntimas las que a su vez se estaban resquebrajando.

Ana, Nora, Arantxa, Vicky, Cristina y Conrad, fueron los primeros viajeros en aventurarse más allá de la arboleda de mangos que nos lleva a Kergalo...un camino que parece es hacia fuera pero que en realidad nos conduce a otra parte, muy cerca de nosotros mismos.

Los caramelos se trocaron por arroz y aceite, y las sonrisas expectantes por los dulces que tan a menudo se convierte en empujones y desmadre, se convirtieron en respetuosa y agradecida bienvenida de aquellos que no tienen inconveniente en abrir las puertas de su pobreza a quien de buen corazón se acerca a compartir con ellos un alto en un cruce de caminos. O un cruce de mundos habría que decir. Un punto de colisión amable que no habría de pasar sin dejar huella a ninguna de las partes.

Cuando los vi marchar por el camino de arena en su jeep descubierto saludando con sus brazos en alto, quedando nosotros allí anclados igualmente agradecidos, sabía que aquello era el inicio de una bonita historia , de momentos fugaces de afecto y solidaridad, que cambiaría de caras y de circunstancias, pero yo estaba decidido tras aquella primera experiencia que ese puente no se quebrara, pues percibía que aquello de lo que había sido testigo era más complejo de lo que pudiera parecer: no éramos solo nosotros los que necesitábamos romper nuestra soledad, ni los niños de Kergalo solo los que necesitaban ayuda, la cosa era algo más complicada y perfecta: todos éramos instrumentos de todos, todos éramos los que nos necesitábamos y cada uno tenía en aquella historia una lección para aprender en donde los papeles de donante y receptor se confundían tanto como los diferentes planos de lectura que tenía lo que se había desarrollado entre nosotros.

Sentía que con una rapidez vertiginosa se estaban desarrollando ante mí el desvelamiento de unas claves que habían estado ahí para todos nosotros desde que el mundo es mundo y el hombre es hombre. Mucho antes de que alguien desde la más profunda de las sabidurías escribiese sobre el frontispicio del antiguo templo de Apolo aquella frase que siendo el enigma de los enigmas contenía la esencia , la razón de ser y el camino de vuelta para todos: "Nosce te ipsun", Conócete a ti mismo.



Cierto es que para ser el centro y la clave, deberían de existir variados caminos para llegar a ello, pero me parecía a mí que el camino que pasa a través de los demás, especialmente el del servicio a los más necesitados debía de ser una de las vías más seguras para empezar a aclararnos.

Si empezábamos a entender por qué nosotros nos sentíamos como nos sentíamos después de haber pasado por ese agujero de gusano.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

MANOS DE AZUCAR, 1er informe de cuentas



De izq. a derecha: Omar, Mustafá, Hussein, Ibrahim, Hafiz y Abraham

Queridos amigos y amigas de Kergalo. Hoy hay que hacer una pausa en el relato comenzado hace días, para informaros que se han gastado los primeros dalasis entregados por vosotros para que se empleara en los Niños de Kergalo.

El grupo que vino de la mano de Abdulay: Ana, Nora, Arantxa, Vicky, Cristina y Conrad, nos dejaron...................500 dalasis

Sergio dejó...........................650 dalasis

Nakupenda Sana : Sebastián, Antonio, Pepe , Camino, Lorena, Antonio y su hijo, y David..................................1500 dalasis

Como comenté con cada uno de vosotros, dadas las prioridades, bien podría este dinero destinarse a comprar los sacos vacíos de azúcar, arroz y demás que habrán de servir para hacer los colchones al estilo local: con cuatro de esos sacos puede hacerse la funda de un colchón individual, que rellenado de paja de arroz, hace un confortable y barato colchón, fácilmente reparable o sustituible por otro si fuera necesario en el futuro, sin gran pérdida ni nuevo gasto importante.

Creo que no me equivoco si pienso que todos vosotros aprobáis ese plan. Pero ya me diréis vuestra opinión.

Los chavales están encantados. Y además serán ellos los que realicen el trabajo de confeccionarlos, ir a recoger la paja y rellenarlos, aspecto importante a mi juicio para que realmente se estime aquello que se da, se cree un vínculo de cooperación entre las dos partes para cubrir un objetivo, y se den las cosas con comedimiento de manera que nadie se deslice por el camino del alucine...

Hoy miércoles 11 de Noviembre, los chicos no tienen escuela, y habíamos programado que sería esta mañana cuando iríamos a Barra a comprar por las tiendas las bolsas.

Me llevé a cuatro de los mayores que están siendo la avanzadilla en esta historia: Ibrahima, a quien le llamo "mi secretario" pues es el único que habla inglés, Mustafá, un chaval encantador de unos 17 años, a punto de "licenciarse", Abdel Hafiz y muchachote de 19 años que lleva 13 en la escuela, y al cual el Profesor le llama "el segundo profesor" pues su preparación en árabe le permite compartir las tareas de maestro, y Hussein otro dulce de chaval que es en la escuela el encargado de vigilar que cada día los más pequeños tomen su ducha. Y desde que les llevé unas pastillas de jabón es quien , como le dije , debía garantizar que los pequeños se frotaban bien el cuerpo. El "comando" se completaba con mis hijos Abraham y Omar.

En un par de horas los seis chicos distribuidos en tres grupos de a dos, habían comprado 140 bolsas, suficientes para realizar 35 colchones, más cinco grandes agujas y cordel para coserlas.

Por tanto se gastó de la caja mencionada de 2.650 dalasis, lo siguiente:

140 bolsas x 5 dl..........700 dl
5 agujas x 5 dl............ 25 dl
cordones................... 75 dl

Total........................800 dalasis


Queda en Caja............1850 dalasis
, que si os parece bien, podrían emplearse para que los más pequeños , o al menos algunos de los pudieran disponer de alguna tela para cubrir los colchones y a ellos mismos, ahora que se acercan las noches frescas.

¿Os parece?

Un abrazo , y de parte de los chavales.........MUCHAS, MUCHIIIIISIMAS GRACIAS ¡¡¡¡¡¡¡¡¡

Dentro de unas cuantas semanas, cuando el arroz se recoja y se deje la paja en los campos, unos chicos acostumbrados a dormir sobre el duro suelo lo podrán hacer sobre unos fantásticos y mullidos colchones. Probablemente será el primer colchón que tengan en su vida ¿podéis imaginarlo? pues hacedlo que ha sido gracias a todos vosotros. Alhamdulillah ¡¡¡


Gustavo

Cuando la conexión me lo permita colgaré alguna foto del acontecimiento

martes, 10 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE KERGALO (V) . UNICEF, ni está ni se le espera.

Al día siguiente fui con Modu, el hijo del Alcalo, a hablar con el Profesor. Él hacía de traductor ya que el Profesor no hablaba inglés. Nos atendió en su cuarto, una modesta habitación ocupada tan solo por un delgado colchón de goma espuma donde se sentaba . De paredes encaladas y bajo un techo de planchas de cinc, el habitáculo no disponía de mueble alguno, tan solo en un rincón se amontonaban desordenadamente libros y libretas en árabe que mostraban signos de pasar muy a menudo de mano en mano.

El anuncio de Sebastián, por la envergadura de lo que suponía, y su anunciada visita con un grupo de Nakupenda Sana para Octubre, otorgaba un cariz diferente a la pequeña acción que habíamos comenzado a desarrollar en la escuela : habían unas personas detrás de aquella Ong que depositaban en ella una confianza muy grande traducida en un desembolso importante y yo quería transmitirle esto al Profesor: que él, los niños y la aldea entera debía de saber que cuando los blancos daban dinero no es porque lo recogiesen de algún árbol especial que para tales menesteres creciera en España, sino que esos muchos pocos euros salían del salario de gente a quien no necesariamente les sobraban. Y que yo esperaba de él y de sus alumnos que considerasen responsablemente esta realidad. Que era necesario cambiar la consideración sobre el dinero fácil de los blancos. Que era necesario , en suma, conectar con esa chispa de amor y solidaridad que surgía de cada uno de aquellos lejanos corazones en el momento de entregar una suma para ellos. Tenían que ser capaces de remontarse sobre sí mismos y sintonizar con el origen de ese desembolso, con lo que lo había originado.

Por difícil que fuera la aspiración había que hacer todo lo posible para minimizar la banalidad con la que a menudo eran recibidas las ayudas como si por el hecho de venir de parte de los blancos ricos hubiera la supuesta obligación de realizarlas .

Me costaba entender la causa de ese comportamiento tan extendido que durante cuatro años había observado repetidamente: la ausencia en la inmensa mayoría de los casos de manifestación alguna de agradecimiento, no ya solo el expresado en una palabra, ante una acción dadivosa . Dudaba si su origen estaba en las causas de fondo que reposaban tras la descripción de un misionero en Malí que una vez afirmó: “tras la sonrisa de un africano frente al blanco, a menudo se encuentra una mueca de desprecio”, o tal vez se encontrara en la diferente concepción que en tierras del Islam tiene el acto de la caridad, la cual es considerada por esa religión como un derecho del pobre y no como una dádiva del rico, si bien tal derecho no puede ser reclamado por el que lo posee ni puede haber compulsión sobre quien debe ejercerlo que no proviniera de sí mismo y de su grado de conciencia.

O si simplemente ello residía y por tanto era tan aleatorio como las personas mismas, en el grado de dureza del corazón de cada uno de nosotros, y que no había que buscar causas lejanas ni más cercanas que aquellas que residían en donde residen siempre las claves de todo asunto. El resto no eran sino excusas auto indulgentes o justificaciones benevolentes basadas en la ñoñería .


Cuando se vive como estos pueblos viven, en la carencia más absoluta, las ayudas que provienen de Occidente parecen un acto de magia sacado del zurrón de Sta Claus, y lo mismo que sale de allá un saco de arroz, puede salir una cámara de fotos, un teléfono móvil o un 4 x 4, bastaba con pedirlo. La frontera que separaba su realidad de ese paraíso era tan solo pronunciar las palabras mágicas “give me tubab, give me..”. (“dame , blanco, dame..”).

Debo de decir que la aldea de Kergalo y en especial aquellos chavales y su profesor no me encajaban, para nada , en ese tipo de comportamiento disciplente del receptor respecto al donante. Sino que por el contrario desde el primer momento su repetida manera de dar las gracias llegó a ser tan abrumadora que hubo que insistirles por mi parte que si deseaban dar las gracias que se las dieran a Dios y que me dejaran a mí en paz, que ya tenía bastantes problemas para combatir mi ego como para que vinieran ellos a hacerme el flaco favor de tejer lo que tanto me costaba destejer. Y así fue como a partir de aquel comentario ponían un acento especial en decir “Shukran Al-lah” cada vez, para que el blanco no les recriminara, con una sonrisa de complicidad y un brillo de inteligencia en los ojos para recalcar que habían entendido bien el mensaje..

Deberíamos entre todos ayudar a que ese fácil error de entendimiento se deslizara hacia la comprensión de que las cosas son el resultado, fundamentalmente, del sacrificio, el trabajo y el esfuerzo. Y que la donación, vienen del amor y de la solidaridad y de la voluntad.



Aún recuerdo cuando llegué hace cuatro años al pueblo donde vivo, que para comenzar a construir la casa me negaron el agua que sale gratuita de la fuente del pueblo. El asunto era muy sencillo como más tarde me enteraría: “este blanco no reparte dinero..”. El Imam se opuso, claro está, y gracias a él y a otras buenas gentes de la aldea que desaprobaban la actitud de unos cuantos influyentes mandingas, pudimos recoger del pozo del compaund del Imam el agua necesaria para empezar a hacer los bloques de cemento hasta que se abatió la resistencia de aquellos acostumbrados a que el blanco llega a aquí repartiendo pasta y caramelos, o acomodados en la idea de que les gustaría que siempre fuera así. Y además obligatoriamente.





La conversación con el Profesor fue muy instructiva para mí, su disposición a colaborar se me hacía meridiana por la sinceridad con la que contestaba a todas las preguntas que le iba formulando, destinadas a conocer más sobre la situación de los chavales, sus horarios, el cariz de los trabajos que realizaban en los campos, sus visitas a Barra...y sobre todo me sirvió para conocerle a él.

Tras dos horas de conversación , salí de aquella habitación convencido de encontrarme ante un hombre modesto y limpio. La precariedad de su compaund y de su propia habitación, la actitud de sus esposas, y el pensar que aquel hombre llevaba más de 20 años dedicado a la enseñanza gratuita , magnificaron ante mí su figura y su vida.

Había un aspecto que en mi consideración era fundamental, y que no podía esperar percibirlo en profundidad en tan solo unos pocos días de contacto con esos niños: tratar de saber hasta que punto ellos se sentían felices o desgraciados, y conocer a fondo al sostén y alma de esa institución me iba a dar datos sobre ese asunto crucial.

Yo percibía en los chavales alegría y serenidad. Tal vez los más pequeños de 7, 8 o 9 años parecían más cohibidos y desamparados ante ese blanco que empezaba a aparecer rutinariamente por sus vidas, e imaginaba que sería a ellos a los que más les pesaría la ausencia de su padre y de su madre y que acostumbrarse a esa comunidad de niños sin progenitores debía de ser algo duro que llevara su tiempo. Los más pequeños tenían que sentir fresca la honda herida del desarraigo de su hogar, de su entorno y sobre todo de sus padres. Y es que aquella explanada desolada en torno a la cual se edificaban las chabolas de los chicos y la casa del Profesor, era en suma algo más parecido a un orfanato sin muros, a un campamento de chicos en torno a un árbol que sostenía una vieja pizarra en donde alguien les enseñaba a leer y escribir en una lengua extranjera que le permitiría entender las palabras del Corán, que a una escuela. Ya tendría tiempo para ganarme su confianza y acercarme más profundamente a su realidad.

Una de las cosas que le dije al profesor es que quería que realizaran un censo con los nombres , edades y procedencia de los muchachos, el número de años que estaban allá y cuales entre ellos eran huérfanos (reales) de padre y madre. Iban a ponerse de inmediato a ello, y en pocos días me entregaron lo que había pedido.

Fue al preguntarle por las niñas cuando me explicó que dormían separados de los chicos, en los dormitorios de sus esposas y que no había más pues muchas familias eran reticentes a dejarlas allá, en un lugar que de entrada era evidente no disponía de buenas condiciones, y que si esas condiciones mejorasen, habría muchas más chiquillas de la 7 que en ese momento seguían las clases.

Sin pedir nada en ningún momento, deslizaba sutilmente condicionales cuya materialización supondría un avance en tal o cual aspecto de las muchas cosas de las que precisaba.

Le interrogué sobre algunas confusas noticias que me habían llegado respecto
de la mendicidad ejercida por los chicos en Barra. Ni yo ni nadie de mi familia les habíamos nunca visto pedir dinero, con esos botes de tomate vacíos que tan a menudo veíamos en los viajes a Senegal. Me dijo que él lo tenía prohibido y que ocasionalmente alguno de los más pequeños, cuando iban a Barra a vender la leña alargaban la mano pidiendo una moneda. Me contó como hace cuatro años a raíz de que esta práctica fuera más evidente, un día la policía le llamó para que explicara la situación de esos niños y para advertirle que el asunto de la mendicidad estaba prohibido. Tras explicar la situación al Jefe de Policía, este sugirió que redactara una carta informe para la delegación de UNICEF en Gambia, a fin de reclamar algún tipo de ayuda para esos niños carentes de todo soporte , excepto el escaso que el Profesor podía proporcionarles.

Entre el Jefe de Policía y el Profesor redactaron el informe con la petición de ayuda, y fue el policía quien se encargó de hacerla llegar a su destino. Cuando recibiera noticias avisaría se le avisaría..

“¿Y?” le pregunté a ese hombre que con las piernas cruzadas se sentaba frente a mí en aquella humilde habitación. Sonriendo beatíficamente a la vez que abriendo los brazos extendió las palmas de las manos hacia arriba mientras levemente encogía los hombros me dijo “No he vuelto a saber nada, hace ya cuatro años “.

No acertaba a entender como aquella petición de ayuda a UNICEF no había provocado ni siquiera una visita para interesarse por la situación real de unas docenas de niños, en una institución que llevaba en esas condiciones más de dos decenas de años... no lo comprendía sabiendo que los funcionarios bien pagados de una organización semejante nada o poco tenían que ver con los estilos de trabajo rudimentario y precariedades que suelen verse por aquí. Al contrario, estaba acostumbrado a ver, y en ocasiones hablar con esos funcionarios de esas grandes instituciones de la ONU, manejando impresionantes coches americanos con largas y gruesas antenas de recepción satelital, cuyo despliegue de medios y estilo de ir “por la vida” denotaba poderío a raudales...No lo entendía.

Solo reflexionando sobre las cartas que me habían llegado de Sebastián, un detalle suyo, entre otros, me llamó poderosamente la atención, y fue de rebote la consideración sobre ese detalle la que me hizo elucubrar sobre el posible silencio inexplicable de UNICEF: desde el primer momento que le hablé a Sebastián le hablé de una escuela coránica, como así era, el lugar donde se cocían esas miserias. En su contestación él se refería a lo mismo con su palabra original: hablaba de la Madraza de Kergalo, que literalmente significa Escuela. Y al escuchar esa palabra me traía indefectiblemente la conciencia de cuántos conceptos (madraza, sharia, mullah, etc...) ligados a la religión mayoritaria en este país, estaban realmente lastrados por los prejuicios islamofóbos que se habían extendido por occidente desde hacía unos años, fundamentalmente a raíz de los atentados con bandera falsa del 11 S y 11 M.

Solo cuando entendí el significado del nombre en suahili de su ONG: NAKUPENDA SANA, “ Yo te amo mucho”, comprendí que esa persona debía conocer muy bien el significado del verbo con el que había definido su organización y su actividad.

Y sin que tuviera relación directa, pero sí un lejano eco de similitud, me acordé de una lección de amor similar que dio Mahatma Gandhi al dirigirse a uno de los exaltados hindúes que habían participado en los sangrientos enfrentamientos con los musulmanes indios previos a la partición de Pakistán, cuando contestando a la confesión de aquel hombre seguro de que su destino sería el infierno por haber estrellado contra la pared el cuerpo de un niñito musulmán, Mahatma le dijo: “Yo sé como puedes salir del infierno. Busca a un niño que haya perdido a sus padres musulmanes en esta locura y acéptalo como hijo tuyo. Y después .... asegúrate que lo educas como musulmán.”

Aquel hombre, don Sebastián Gossati Androna, valiente y desprejuiciado, debía saber mucho del amor tañido en su octava más alta, en su estadio más sublime , el que mora en esa dimensión de la fraternidad universal.

En la aldea de Kergalo sí se esperaba a NAKUPENDA SANA.